Una mujer en cada puerto,
un compadre en cada taberna.
Pero navego solo,
pues a nadie le gusta sentir en la cara,
la suave brisa del mar.
Yo manejo el timón, yo izo las velas,
yo friego en cubierta, y disparo el cañón.
Sin loro en el hombro,
y con todo el ron para mi,
no queda una gota de desastre,
pues también me lo bebí.
Desenfundo mi espada,
la enfrento a mis demonios,
pero en el último instante,
la echo hacia atrás,
pues yo soy el único hombre,
al que no puedo matar.
Inmortal soy entonces,
hasta que una ola me arrastre
y me entierre, en el fondo del mar.
Y mientras me hunda,
me iré encontrando mal,
pues me trague algo en mal estar:
mi orgullo de pirata,
con parche en los dos ojos,
y estos llenos de tequila y sal.
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