Cómo quieres que luche. Con qué fuerzas. Con qué aliento.
Me lo robaste de la boca, como quien roba el pan para comer;
había veneno en tu lengua. Veneno que ya fluye libre mezclado con mi sangre. Muérdeme
con tu odio en el cuello y vacíame. Déjame sin nada.
Aún recuerdo mis dedos desfilando por tu cadera, como niños
correteando por la hierba del parque.
Y aquel oigo tu latir,
que me daba un alivio cuando pensaba que se había parado. Que mi corazón no iba
a dar más guerra, si se helaba cuando me susurrabas al oído que te agarrase más
fuerte.
Quizás mi mayor error fue no decirte que te quería. Aunque
creo que le atribuí la capacidad de hablar a mis ojos. ¿No los escuchabas? Tal
vez no hablábamos el mismo idioma. Y eso no tiene remedio. Apunta mi teléfono
en una servilleta de bar, de esas que valen para todo menos para limpiar, igual
que yo sirvo para dar la cara por todos menos por mi mismo.
A veces los actos irracionales traen mejores consecuencias
que los lógicos. Es lo último que te queda de mi. Y a mi, solo el consuelo de
que ni tú eres tan buena, ni yo soy tan malo.
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