Filosofía, política, literatura.

sábado, 26 de mayo de 2012

¿Qué título quieres que le ponga?


Cómo quieres que luche. Con qué fuerzas. Con qué aliento.
Me lo robaste de la boca, como quien roba el pan para comer; había veneno en tu lengua. Veneno que ya fluye libre mezclado con mi sangre. Muérdeme con tu odio en el cuello y vacíame. Déjame sin nada.
Aún recuerdo mis dedos desfilando por tu cadera, como niños correteando por la hierba del parque.
Y aquel oigo tu latir, que me daba un alivio cuando pensaba que se había parado. Que mi corazón no iba a dar más guerra, si se helaba cuando me susurrabas al oído que te agarrase más fuerte.
Quizás mi mayor error fue no decirte que te quería. Aunque creo que le atribuí la capacidad de hablar a mis ojos. ¿No los escuchabas? Tal vez no hablábamos el mismo idioma. Y eso no tiene remedio. Apunta mi teléfono en una servilleta de bar, de esas que valen para todo menos para limpiar, igual que yo sirvo para dar la cara por todos menos por mi mismo.
A veces los actos irracionales traen mejores consecuencias que los lógicos. Es lo último que te queda de mi. Y a mi, solo el consuelo de que ni tú eres tan buena, ni yo soy tan malo.

No hay comentarios:

Publicar un comentario